La chica del clarinete – Parte II


Lugar.

Oaxaca es total, una ciudad con entrañas, color y piedra, canto y fuego, sabor y aire, sonido y tiempo, fiesta y eternidad, música e historia. Oaxaca es tan mixteca y zapoteca como mestiza, tan maguey como maíz, tan real como mística. Llegué la noche del trece de septiembre, en la víspera de las fiestas patrias: banderas mexicanas, lienzos, luces, gallardetes y papel picado con motivos tricolores decoraban las calles de la ciudad y con especial encanto los alrededores de la Calle 5 de mayo, lugar donde se encontraba mi hotel y desde ahora mi campamento base.

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Oaxaca es total, una ciudad con entrañas.

Había llegado a mi destino en un momento en el que ansiaba por adentrarme en México después de vivir un moderadamente largo lapso de tiempo en África Occidental, un año. Mi intensión desde el principio consistió en desconectar de mis rutinas y redescubrir ciertos lugares con sus tradiciones, sus colores y sabores. Oaxaca y sus elementos, el momento que vivía y mi optimismo por recorrer sus distintas facetas: Mitla, el lugar de los muertos; Hierve el Agua, su naturaleza; El Tule, su tiempo; el Centro de las Artes de San Agustín, su expresión artística contemporánea; y el Centro Histórico de Oaxaca, su vida. Se trató del último tramo de mi estancia en México así que el viaje debía plasmar todas esas impresiones en mi recuerdo, nunca pensé que habría sido tan profundamente.

Nuevamente, temprano por la mañana, me subí al coche y lo puse en marcha, avanzando por el multicolorido entramado de calles y avenidas, tomé dirección al Este, rumbo a Mitla. Tras salir de la zona conurbada de Oaxaca inmediatamente se vislumbré el valle en el que se encuentra, montañas verdes y cielos de azul intenso, la vegetación

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Nuevamente, temprano por la mañana.

huele y la carretera es una pequeña línea que zigzaguea por entre cerros, mesetas. Gradualmente al lado del camino aparecen los campos de maguey, maíz y agaves, así como unas cuantas mezcalerías que destilan el aroma del producto de la tierra oaxaqueña. Con la velocidad y el sol ascendiendo al cenit, las sombras de los postes y los cables que soportan dibujan una ondulante línea sobre el coche y que desaparece el entrar al pequeño poblado.

Siguiendo la recomendación de unos buenos y curiosos viajeros, estaciono el coche en un lugar detrás de la zona arqueológica. Antes de empezar cualquier actividad lo más importante es darse tiempo para el desayuno, especialmente si incluyen platos tradicionales de esta región. El lugar no es elegante ni tiene decoración artesanal o emblemática, más bien es un local de ladrillo gris, casi obra negra; su menú está escrito a mano en cursivas pero es contundente; sillas y mesas de madera, éstas últimas con manteles de vinilo morado y estampado de grecas púrpuras; un lugar regenteado por dos mujeres que lo dotan de calidez, todo es preparado en ollas y comales pero al momento. Desde que vivo en África Occidental, demasiadas opciones me abruman y en ese momento opté por la majestuosa tlayuda y las quesadillas.

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Una tlayuda magistral y viva.

Mientras el chocolate se prepara en el fogón, el aroma a maíz tostado mezclándose con el olor del epazote de los frijoles y de manteca friendo un chorizo, se mezclan un incienso alimenticio que abre el apetito de quienes estamos vivos. Minutos después, sendos platos aparecen. El primero de ellos, una tlayuda magistral y viva con los colores tan intensos como su sabor: tomate rojo rebanado, frijoles negros refritos y dos tonos de verde protagonizados por tiras de col y rebanadas de aguacate, servidos sobre una gran tortilla de maíz tostada, productos de la buena tierra oaxaqueña; un plato escoltado por tres quesadillas con un toque de frijoles y queso blanco, coronados por una salsa verde de tomate verde y chile del árbol.

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Quesadillas con un toque de frijoles y queso blanco.

Desayuné lentamente, comiendo por separado cada uno de esos ingredientes y en otros bocados, todo junto para disfrutar el crujido de la tortilla, la suavidad del aguacate y la frescura de sus verduras que al morderlas matizan los sabores en su conjunto. Las pequeñas quesadillas merecen una nota de honor a parte: en realidad nunca he entendido el origen del queso tipo Oaxaca pero gratinado y con tortilla es un manjar, la variedad con frijoles y queso blanco las hacen en exceso suculentas.

No recuerdo exactamente cuanto pagué por la cuenta de ese desayuno, quedó saldada cono un sólo billete, aún así el billete fue superior al monto requerido lo cual dejó una sonrisa en las mayoras que me dejó más satisfecho aún. Volveré a ese lugar. Saciado el apetito, señal de buena salud, decidí internarme en las ruinas de Mitla.

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About Alejandro O.

Internacionalista mexicano.