La chica del clarinete – Parte I


Tiempo.

Sin pensarlo mucho en la víspera de fiestas patrias del año pasado, durante mi corto período vacacional en México, decidí pasar unos días en Oaxaca. Para llegar a mi destino decidí montarme en el pequeño compacto azul y a toda velocidad salí una tarde desde la conglomerada Ciudad de México, la Calzada Ignacio Zaragoza es un mosaico urbano que se remata con un paso elevado que da lugar a la autopista México-Puebla, una especie de balcón que asoma hacia las profundidades del oriente de la capital mexicana: casas grises, anuncios multicolores, tráfico y el sol quemando los toldos de los coches que transitan por calles sorteando microbuses verde-grises, combis customizadas, comerciantes a píe ennegrecidos por el rayo de sol y el hollín acumulado de días de regulares ventas y tendajos de lonas naranjas, azules y amarillas. Acelerando, la aguja del tacómetro marca el compás del zumbido que el motor del compacto deja escapar tras de sí, cambio de marcha y paso por debajo de aquel letrero que dice “Gracias por visitar la Ciudad de México”.

Mini, Mini Cooper, tezcatlipoca21

El pequeño compacto azul

Apresuradamente saco algunos billetes para para pagar el peaje de la primera caseta de la México-Puebla, un umbral, que divide la zona conurbada y mis recuerdos de recorrer muchas veces este mismo camino por trabajo y placer: cada recta y cada curva, el inicio de una cresta de montaña que culmina en la cabeza de la Mujer Dormida y desde Río Frío, los volcanes acompañando por la derecha y animando el aburrido trazo que inicia en San Martín Texmelucan y desemboca en la segunda caseta de esta autovía, A Little Less Conversation se escucha a todo volumen mientras paso al lado de un café al lado del camino —el lugar donde mi padre, gustaba hacer la pausa en el camino, no me detengo, el recuerdo me golpea y acelero. Los colores de la tarde comienzan a iluminar un camino que a ratos es sinuoso y a ratos es recto, anochece. Ahora escucho a Paté de Fuá y Lila Downs cantando […] cura con un beso las angustias de mi aliento, y acuchilla mi alma con tu piel de talismán, bésame y derrumba lo antiguos monumentos, ¡Bésame! Desata el carnaval… cruzo un letrero que me da la bienvenida a Oaxaca, los reflejos de las balizaciones y las marcas viales de noche me fascinan, son como estrellas que se van quedando atrás metro a metro, una metáfora del tiempo y la vida, de la relación entre el tiempo y la distancia.

Las luces del coche iluminan esas señales anticipándome el camino en medio de una obscuridad absoluta que me acompaña hasta la primera y única parada en una estación de servicio, me detengo porque ya no me queda gasolina más que para seguir unos 5 kilómetros más, el termómetro marca -5º C. El último tramo: camiones a paso de elefantes, audaces maniobras, la luna iluminando siluetas de montañas y fondos de valles donde pequeñas luces titilan en pueblos de pocas calles, me acompañan hasta que la luz de la ciudad irrumpe: Oaxaca. He dejado la Ciudad de México, el camino me ha tomado 4 horas, la velocidad disminuye. Encuentro mi hotel, una puerta señorial que ha lucido mejor hace bastantes años me recibe, se abre. Bienvenido.

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About Alejandro O.

Internacionalista mexicano.