La carne es débil…


Justo cuando se canta la victoria contra las enfermedades, es cuando uno se cae. A decir, que estamos ante la llegada de un nuevo frente frío, mi cuerpo ya resiente los síntomas de un resfriado: ojos llorosos, flujo nasal, ligera sordera, irritación de garganta, nariz roja, boca seca y un estado de letargo – así es, en este momento mi cuerpo responde con pesadez y lentitud, afortunadamente las ideas fluyen. Sin tener fiebre escapan ciertos delirios sino es que recuerdos variopintos que contrastan con el patético estado de enfermedad que guardo.

¿Y cuáles son las reflexiones que me vienen en estado, cuáles los delirios y específicamente qué recuerdos? Supongo que ante la ausencia del olfato, lo primero es un recuerdo de olor a leña quemada, madera incandescente en medio del frío más fuerte que jamás haya sentido. Enfermo no estaba pero perdido sí. Quizás fue la lluvia y que en ese lugar obscurecía justo después de la comida, que el alcohol era muy caro y que agarré una de las muchas ediciones en inglés, que en la biblioteca de esa casa disponían, de Ulysses, ambientado por la propia atmósfera del lugar. Intentar leerlo era invasivo y no fui más allá del primer capítulo, Telemachus, porque cada miembro que llegó a habitar ese lugar había llegado con su propia edición del libro, en todo caso una especie de rito de iniciación que yo no estaba dispuesto a transgredir por la naturaleza de mi condición, concluí esa lectura hipnotizado con el fuego de una chimenea, lleno de miedo y de soledad…

Leer, dicen, siempre arranca un pedazo del alma y así fue. Quiero descubrir la siguiente reflexión-delirio en esta enfermedad, en estas condiciones no todo suele ser trágico. Una vez, con delirio de fiebre, la visita de un amigo y una semana de mucha juerga en la víspera de navidad, pesqué un resfriado marca diablo. A todo esto mi amigo disfrutaba de una resaca demoledora del tipo Krakatoa que para su suerte se convirtió en rijosa y tuvo con quien desfogar las presas. Por mi parte, daba vueltas en la cama titiritando de frío, tomando agua, mareado y las ideas más nebulosas que ahora, como si una nata se atravesara en mi visor mental, haciéndome tener visiones gelatinosas y deformes, sinceramente no recuerdo pero habré escrito algo que debió guardar esa sensación, algo masoquista en el fondo si ahora defino que la disfruté. No leí pero la enfermedad salió de una forma peculiar, una misteriosa persona que repentinamente llamó y puerta, encontrándome dramatizando, y asumió tomar la solución más adecuada y literalmente sacarme el veneno de la enfermedad cual curandera de la jungla. A los pocos minutos me sentí realmente mejor, ella se fue con todo y su remedio, llevando sus maravillas a otro lugar.

Es cierto, la carne es débil pero hay de debilidad a flaqueza y justo en la diferencia radica el detalle. Persiste la creencia popular en cuanto al origen de las enfermedades, justificando que se debe a un desequilibrio. Las enfermedades, a mi criterio, son consecuencia de fortuitos y patológicos fenómenos que espontáneamente se manifiestan. Acabo de presentar dos casos, uno claramente mental y el otro físico, en ambos el cuerpo y la mente pasan de un estado a otro y la resistencia o bien, la motivación es la chispa que genera el proceso de regeneración: lo que no nos mata, nos hace más fuerte, es la escuela de la vida – afirmaría Nietzche. La condición no debe ser un obstáculo sino un catalizador y así debemos aprovechar el patetismo para generar las ideas que nos impulsan a ser más libres en nuestro propio entendimiento y forma. De vez en cuando, las situaciones son agrias – como la enfermedad – pero nuestro proceso creativo, saber disfrutarlas y sacarles provecho, podría hacerlas agridulces (si se piensa en por qué pienso en esta analogía, es cierto: añoro el sabor que me niega la gripe).

Museo Reina SofíaPelícula convertida a formato digial

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About Alejandro O.

Internacionalista mexicano.